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CARMEN
La paciente
lectura de documentos históricos de la vida sevillana desde 1800 a 1830, donde se producen los hechos que se
hacen leyenda y generan Carmen como relato literario en la imaginación de
Mérimée, refrenda mi convicción de que la historia había que reencontrarla, y
rehacerla, contactando las anécdotas que nos contaba la abuela, con las noticias de la
época, y entre ellas encuentro referencias en las notas de Vicente Lleó en su "Sevilla;
1790-1868. Imágenes de una sociedad" donde dice: "Carmen es el
prototipo de una nueva clase, un proletariado femenino formado por mujeres independientes
no sujetas a la autoridad de un varón. Y de la misma manera que el proletariado masculino
provoca una mezcla de atracción y repulsión porque encarna un formidable potencial
destructor, revolucionario, el femenino, la cigarrera, encierra, (además) una carga
erótica no menos destructora del orden establecido, de las buenas costumbres".
Hay que entender con voluntad de que, en esa época, en el clima
regenerativo que viven las mujeres trabajadoras sevillanas, era imposible el
comportamiento desvergonzado, delictivo y frívolo, de una gitana trianera incorporada al
mundo del trabajo, que le asigna la pluma de un novelista. De la historia de la cigarrera
comprometida en amores con un militar por su acción humanitaria en una redada de gitanos
en Triana, y asesinada por éste, herido en su honor de hombre castrense, cuando vivía
enamorada, desde su libertad e independencia económica, de un picador de toros, hay un
buen trecho hasta llegar a la Carmen pendenciera y bruja que reparte amores entre
militares y bandoleros por tabernas y parajes de contrabando.
De todo esto nace el atrevimiento de poner en pie, en una ópera de
cantes y bailes andaluces alejados de convencionalismos, y buscando las raíces del mito y
su más cercano universo musical, una Carmen más ligada a la persona y a las narraciones
de mi bisabuela, a la de sus recuerdos y a la de los documentos, que a aquella otra
surgida de la destreza literaria de Mérirnée, versionada mil veces con la mirada fría y
solamente artística de los que, desde sus culturas y sintiendo Andalucía únicamente
como un tema, y no como un compromiso, nos ven como observadores y nunca como parte de los
que, como Carmen, y las mujeres y hombres de Andalucía del trabajo y de su clase, nos
seguimos sintiendo machacados por el frívolo folclorismo surgido del mito.
Tambores y cornetas; martinetes, deblas, y tonás, con letras de la
época como crónica oscura e indiscutible de la realidad popular andaluza; bailes, rabia,
sangre, dolores, belleza, hechos y costumbres enraizadas en unos comportamientos heredados
que no hemos tenido que aprender para, a través de ellos, dar noticias de una leyenda
desnuda de pintorequismos que fue el punto de partida que originó una viciada visión
romántica y complaciente de una realidad cruda y áspera mil veces agredida por el
equívoco.
Desde el universo estético y sonoro donde vivió y murió Carmen, el
nuestro, y con la mirada y los sentidos puestos en la búsqueda de la libertad por la que
ella murió, ejercitamos nuestro derecho a limpiar con nuestro propio lenguaje, una
leyenda que forma parte de nuestra propia historia, desdibujada entre bandoleros, pillos,
navajas, y toreros de pitiminí, y que por su importante incidencia en el campo del arte
escénico, enterró la austera y grave imagen de nuestro pueblo. |
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