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DON JUAN EN LOS RUEDOS, de Salvador Távora
Ópera popular de caballos y cantes en el marco estético
de una corrida andaluza (a la usanza del siglo XIX)



TEXTOS PREVIOS AL ESTRENO


A PROPOSITO DE "DON JUAN"

Don Juan es una leyenda o un mito, pero sobre todo es un personaje literario. Tiene cuatrocientos años y está joven y vivo a la entrada del milenio. Hijo de Juan de la Cueva con El infamador y lleno de una interminable cadena de padres adoptivos que podemos enumerar desde Tirso de Molina en El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra, primer tratamiento formal de la historia, donde, desde el prisma de un mercedario, el promiscuo don Juan seduce a la hija de don Gonzalo, jefe militar de Sevilla. Después de matar al militar, acude a su sepulcro e invita cínicamente a la estatua funeraria de su víctima a una cena. La estatua recobra vida, asiste al banquete y le devuelve la invitación. De nuevo ante el sepulcro, la estatua atrapa a don Juan y le arroja al infierno. Se universaliza el mito al dramatizar Moliere literariamente la pantomima inspirada en El Burlador de Tirso, que unos actores ambulantes italianos escenificaron en Francia hacia 1657 y titula su obra como Don Juan o El Convidado de Piedra, estrenada en 1665. Goldoni, ya en el XVIII, escribe su Juan Tenorio o El Libertino Castigado, y Mozart, utiliza el tema en una de las óperas fundamentales: Don Giovanni (1787).

En el XIX la figura de don Juan fascina al romanticismo que se sentía atraído por personajes rebeldes y amantes de la libertad y se analiza y teoriza sobre el seductor, cuestionándose sobre su encarnación del mal o sobre su condena o redención. En Inglaterra, Lord Byron con su poema de Don Juan en tono brusco y desenfadado, en Francia Prosper Mérimée en Las Almas del Purgatorio o los Dos Don Juan y en España José Zorrilla con Don Juan Tenorio, versión esta última donde el personaje se convierte en héroe jactancioso de dudosos sentimientos, que acaba arrepentido y unido en la muerte con su amada.

Ya en el siglo XX siguió el análisis sobre el personaje, en ensayos como los de Gregorio Marañón, Américo Castro o Ramón Menéndez Pidal. Los Hermanos Machado, en el marco literario del teatro, escriben su Don Juan de Mañara y Ramón Pérez de Ayala en Tigre Juan, lo convierte en un chulo de barrio. En el cine, entre otras muchas referencias del personaje, Gonzalo Suárez lo considera atrapado por el destino cuya condena es vivir en Don Juan en Los Infiernos.

Jacobo Cortines, en su Hipótesis de una elección: Juan Tenorio, analizando fundamentalmente a una criatura literaria, me lo sitúa en Sevilla-Lebrija, espacio geográfico de caballistas, rodeado de personajes notables; al quitarle el envoltorio literario y la corte de personajes nobles que le rodean y arrancarlo de las connotaciones morales de cada época, lo he encontrado en la soledad de los ruedos conquistando con sus arrojos como héroe legendario de ayer, hoy y mañana.

La imaginación, algo tan andaluz y sevillano como Don Juan, anda por la arena aspirando a transmitir con toros, caballos, caballistas y toreros, la atracción del personaje en su más mágica realidad. Las mujeres, andaluzas de todas las clases sociales, terminan por entender que en sus conciencias y en los prejuicios que limitan el gozo libre del amor al final del milenio, reprime,  más que el machista espejismo atractivo del conquistador, la presencia de los poderes reglamentados y codificados: el civil, el militar y el eclesiástico.

Vamos al mundo de las emociones, el amor y la soledad, cogidos de la mano de Don Juan. Esta vez no es el señorito ateo y engañoso de Tirso, ni el de Moliere, ni el musical Don Giovanni de Mozart, ni tampoco el Don Juan Tenorio, creyente y redimido por amor, de Zorrilla, ni el payaso de circo de Guerra Cunqueiro ni menos, el Ángel Caído de Dumas... este Don Juan en los ruedos, ademas de querer conquistar las arenas como escenario dramático, la Luna como decorado natural, a la manera de las antiguas tragedias griegas, con un sentido dionisiaco, aspira a la conquista temática y estética, de todos los corazones amantes de la belleza y la libertad en el amor y en el arte.

Salvador TÁVORA


PARA MAYOR GLORIA DE "DON JUAN"

Desde el primer don Juan publicado: “El Burlador de Sevilla o El Convidado de Piedra” de Tirso de Molina, ese mítico personaje es de dominio público y se cuentan más de quinientas variaciones sobre el mismo tema. Sin embargo parece que no está dicho todo sobre este personaje que, no tiene nada que ver con un simple coleccionista. Don Juan fragmenta su busca en mil mujeres, por miedo al aburrimiento, a las obligaciones, a la continuidad, a la rutina, en una palabra a la inmovilidad, e, incapaz de sublimar su deseo de lo absoluto por medio de una disciplina artística, lleva el de la seducción al rango de arte. Podemos entender que su ansia no es potestativa del varón, sino que puede existir en cualquier ser humano cuyo anhelo le empuja a seguir un camino muchas veces encontrado con las costumbres y la moralidad que restringen el libre albedrío. Joven, maduro, mayor, está por encima de las edades, y por su esencia y su intensidad en vivir puede fascinar, despertar el deseo, la curiosidad, la envidia y también el odio.

Al presenciar el don Juan que presenta Salvador Távora en Don Juan en los ruedos, cuando a los compases de un pasodoble se haga en la arena poco a poco el oscuro propicio a desvelar los misterios lúdicos, nos olvidaremos de todos los don Juan que conocemos. Aquí don Juan se multiplica, siendo presente en todos aquellos que, haciendo uso de sus artes, pretenden conquistar y seducir. El desafío de Salvador Távora para ese don Juan tan peculiar consiste en mostrar todas las facetas de seducción de ese mito masculino por excelencia en un paralelismo taurino, enmarcando el espectáculo en el albero mágico del círculo donde principio y fin sólo son proyecciones de la razón.

En el espectáculo el torero y el caballero, desplegando todas sus habilidades, cristalizan el poder de seducción de don Juan, y desafían el orden establecido. La relación es directa, sin dialéctica, brutal y sin embargo hechizante. La seducción se consume al veloz ritmo de los cascos de los caballos. En ese mundo del toro, cruel y selectivo, sin embargo hecho de matices delicados, el engaño persuasivo también tiene sus códigos. Pero se deja seducir quien quiere ser seducido. En éso también está la disponibilidad de los seres. El espectáculo es como un microcosmo del ciclo vital donde nacen y mueren los sentimientos, con la misma brutalidad con que puede ser arrancada la vida en su pleno disfrute. Ese don Juan, al contrario de los otros, no se ve vencido ni arrastrado al infierno por un fantasma que podría ser su propia conciencia. No, aquí le vencen los poderes que desafía y que nos rigen: religioso, militar, judicial, esos que defienden la sociedad. Sin embargo, cual un fénix, don Juan siempre renace de sus cenizas, ya que la transgresión es parte de nuestro ser profundo.

Creo que el espectáculo además plantea el polemico problema de la forma y del fondo. ¿Qué precede a qué? ¿El fondo a la forma o al revés? La esencia del estilo de Salvador Távora es el uso de las formas, es decir de las imágenes, de los movimientos, de las acciones, de los contrastes entre violencia y dulzura, entre música y silencios. Son las formas que definen el contenido del espectáculo. Aquí el discurso no precede el acto teatral, mas del propio acto teatral surge el discurso. La esencia de don Juan se fragua a traves de sus actos, no de sus pensamientos o intenciones, y su filosofía la definen sus acciones. Es por lo que hace.

Hay en esta interpretación de un don Juan torero cierta coincidencia con una reflexión de Max Frisch (arquitecto y autor dramático austriaco) sacada del comentario final de una de sus obras de teatro, titulada “Don Juan o el amor de la geometría” (1953), y es interesante notar que, siendo Távora y Max Frish dos personas tan distantes en el tiempo, en vivencias y cultura, se encuentran en esta interpretación de la seducción: “Para el torero tampoco se trata en definitiva de conservar la vida. La victoria no se sitúa allí. Es la belleza de su juego que le asegura la victoria, la precisión geométrica, la ligereza del bailarín, lo que le opone a la potencia del toro: es la victoria del espíritu de juego que llena el ruedo de alegría. El animal negro al cual se enfrenta don Juan, es la violencia natural del sexo, pero al contrario del torero, no la puede suprimir sin destruirse a sí mismo. Ahí está la diferencia entre el ruedo y el mundo, entre el juego y el ser. ... La mejor introducción a don Juan (...) es el espectáculo de una corrida”.

La suerte está echada, suenan los clarines, y empieza el espectáculo. .



Lilyane DRILLON

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