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PIEL DE TORO de Salvador Távora
TEXTOS PREVIOS AL ESTRENO
PROPUESTA PLASTICA PARA "PIEL DE TORO"
"PIEL DE TORO" es fundamentalmente un espectáculo teatral
que aspira a trasladar al campo escénico los tiempos dramáticos reales de uno de los
más arraigados rituales ibéricos; las corridas de toros.
Para realizar el trasvase, he buscado referencias y he ordenado
recuerdos -algunos generales y otros más personales- eligiendo el mismo camino artesanal
e impulsivo que me es tan familiar en estos menesteres, aunque he de reconocer que mis
impulsos, al cabo de catorce años de oficio se han depurado.
En la concepción global del espectáculo, dos necesidades escénicas
se imponían y me inquietaban.
La primera, prescindir totalmente del escenario a la italiana. En el
caso de "PIEL DE TORO", el desarrollo de la acción en el espacio que acoge el
ritual taurino no es crear ninguna geometría intelectual y
gratuita, ni tiene pretensión de descubrimiento teatral: es una necesidad física.
La segunda, emparentar el peligro. Introducir el riesgo de las corridas
de toros o emparentarlo con el que debe de tener el teatro, es el intento formal
-tímidamente esbozado en nuestros anteriores trabajos- de codificar la acción de peligro
real que el teatro está reclamando para ser un hecho dramático emotivo con credibilidad
si quiere sobrevivir, con características de lenguaje propio. al lado del cinema o de la
televisión.
Después de haber superado el temor que, como hombre de un determinado
teatro, me causaba el hecho de pensar que esas dos necesidades escénicas podrían
confundirse con un caprichoso ejercicio de investigación -y nada más lejos de nuestro
debate y nuestros propósitos-, con el consiguiente deterioro de su autenticidad
dramática, y a partir de la experiencia que supuso la introducción en "NANAS DE
ESPINAS" (1982) de elementos y actitudes taurinas, dejé que la imaginación se
perdiera en ese universo sonoro de imágenes de nuestro turbulento e histórico pasado,
lleno de mitos que llegan a nuestros días, con el deseo social de que asumirlos con toda
su grotesca crueldad es encontrar el más firme camino que nos conduzca a un más sano y
limpio futuro.
Creo que es urgente, cuando el arte de hacer teatro -y el teatro debe
ser, además de un compromiso, un arte - se nos está escapando entre ejercicios
"gramáticos" que nada tienen que ver con la literatura dramática ni con el
lenguaje especifico de la escena, volver la vista hacia una de las expresiones dramáticas
más significativas y más vivas de nuestra cultura vivencial mediterránea.
Quizás en medio de la salvaje verdad de nuestras viejas fiestas de
toros y de las fantasías literarias de nuestro domesticado y académicamente importado
teatro "culto", esté y encontremos nuestra expresión escénica más
equilibradamente genuina.
Salvador TÁVORA
DESDE EL CENTRO DEL RUEDO
Comienza el
espectáculo con un paseíllo de puro estilo taurino. Sobre
los compases de un pasodoble, aparecen los Alguaciles, maestros de ceremonia, abren
solemnemente el ritual y dejan paso a los tres Toreros, ceñidos en sus trajes de luces,
que saludan, con respeto, a la Presidencia.
El Paseíllo introduce la Fiesta, con color, con ritmo, con brillantez, prepara la
expectativa de la salida del primer toro...
Así, precedidos por los toques de clarines de diferentes plazas, están a punto de salir
los seis toros reglamentarios, aguardando en los toriles. Pero esos no son, la verdad, de
ninguna ganadería famosa -o no- de bravos, y no se divisa en sus lomos ningún símbolo
de su pertenencia. Sin embargo, cada uno es referencia o sugerencia de atmósfera,
personajes o arquetipos del pasado de nuestra península.
Arquetipo o más bien personaje este Jorobado asustado, que sale al toque de clarín, y
antepone, como única defensa, al acoso de sus virtuosos enemigos un baile etéreo que
transfigura su fea joroba.
Personajes, las Majas -vestidas, decepción de los mirones-, saladas, pícaras,
burlonas... riéndose del pelele por no reirse de los hombres.
Pero el Toro que grita, cruelmente banderilleado, remite, entre las risas, al asunto de la
muerte sin piedad, de la muerte por placer, de la muerte por doquier. La muerte bendecida
por la Virgencita, apacible, tranquilizadora, figura familiar, ritual, que doblega, tan
suavemente, cogotes, por su simple aparición, y prepara a la resignación...
Arquetipos, el Angel y el Demonio, fuerzas antagónicas que se perrsiguen, caen, vuelven a
surgir de sus cenizas, tal dos incansables fenix, irreconciliables en el maniqueísmo
tópico de lo blanco y de lo negro, de las dos Españas, separadas a lo largo de su
historia. Personajes aquellos que se sublevan, expresan su rebelión sin palabras, con el
lenguaje de sus cuerpos dolidos, de la danza rabiosa, hierática y desafiante de los que
no se someten, principios activos tanto como pasivos, impotentes delante de esa
personificación del poder, glorificación de la muerte, y asisten, incrédulos (?) a su
agonía.
¿é más se puede hacer, cuando ya todo ha terminado, sin vencedores ni vencidos, sino
dar la vuelta al ruedo, trofeos a cuesta, dejando al honorable público con la imagen de
una amarillenta soledad, plasmada por un mural pintado que, poco a poco, se erige en
testimonio plástico de cuánto, de por qué todo ha ocurrido?,,, y dar la vuelta a la
página de la historía del Ruedo Ibérico, de le Piel de Toro.
Ese lidie de las cinco de la tarde, sin toros de ganadería y con toros de la
imaginación, viene de una profunda experiencia.
No en vano saltó Salvador Távora, cuando tenía unos quince años, las tapias del matadero "de al lado de su casa" para entrenarse con toda su
ilusión sobre un mundo de luces, mágico, que abría grandes las puertas de la gloria. No
en vano se enfrentó durante años a las heridas seguras, a la posible muerte astada,
intentando hacer arte con el peligro, al torear toros y público. No en vano se deshojan
las ilusiones cuando se conoce desde dentro ese mundo de los espejismos. No en vano la
familiaridad de la muerte cotidiana forja la sensibilidad, el sentir. No en vano el
riquísimo vocabulario taurino moldea el pensar -o el pensar moldea el vocabulario-.
Amar el olor a ruedo, a chiqueros, los colores, los trajes, la música de advertencia, el
sentimiento del tiempo que pasa sin remedios y de la faena que hay que terminar, bien; y
sin embargo preguntarse, lleno de incertidumbre, el por qué de todo aquello, sentirse a
veces más toro que torero, más víctima que verdugo.
Todo, a las cinco de una tarde, en el centro del ruedo de albero amarillo de la Real
Maestranza de Sevilla.
Lilyane DRILLON |
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