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SALVADOR TÁVORA
ENTREVISTAS
LA MUERTE EN EL ARTE
Salvador Távora no tiene ya sitio en su casa para poner los premios que
ha recibido en su trayectoria profesional tanto en España como en el
extranjero. Entre los más apreciados ha recibido la Medalla de Oro al
Mérito en las Bellas Artes, de manos del Rey Juan Carlos, el Premio
Andalucía de Teatro y La Medalla de Plata de Andalucía. Su trabajo
al frente del grupo de teatro LA CUADRA de Sevilla es reconocido mundialmente por su
particular visión de la vida y de la muerte y de la plasticidad de su obra.
No necesita más presentación.
¿Cómo aborda un artista el tema de la muerte, cuál es la reflexión
que luego le lleva a plasmarla en su obra?
La muerte es casi siempre un producto de la imaginación. Por eso es tan
inexplicable. La imaginación está constantemente en ejercicio. Ese
mismo ejercicio de imaginación está siempre recreando hechos dramáticos.
A veces, cuando aparece, la muerte no es una vivencia, porque no se podría
pintar la muerte sin vivirla. Únicamente se puede hablar de la muerte
imaginándola y su imaginación causa tanto dolor como vivirla. Pienso
que la muerte es un producto de la imaginación, y como tal, en el arte
tiene un lugar fundamental. El sentido dramático de la vida es fundamental
para el arte.
Si miras la obra de Picasso, aún los cuadros más alegres están llenos
de muerte.
En mis espectáculos, la muerte está siempre presente porque yo estoy constantemente en lucha con la imaginación en este sentido, y no por mi propia muerte, sino por lo que está ocurriendo a mi alrededor. Yo estoy convencido que la muerte es la que da sentido al arte y a la vida, porque la vida tendría otro significado sin la Muerte.
¿Crees que si la muerte estuviera presente en la vida de todos podríamos alcanzar una existencia más consecuente?
Sí. Sobre todo para vivir mejor, para extraer todo aquello que no valoras sin un contrapunto.
Cuanto más sed tengas, más te deleitas con un vaso de agua. Cuanto más pienses en la muerte de una forma casi familiar, más intensamente vivirás cada momento de tu vida. Es una facultad que se va desarrollando.
Tu relación con la muerte siempre ha sido estrecha porque antes de director
de teatro fuiste torero...
El torero se enfrenta a la muerte como algo cotidiano y deja de tener importancia.
Cuando ahora, al cabo de los años, pienso en mi vida torera, me sale toda
la comunión con este mundo, porque cuando el arte comulga con la muerte es
creíble y eso lo aprendí yo en el toro.
En la corrida la gente no grita de forma espontánea porque un paso esté
bien "dao", grita porque el torero se juega la vida. Existe una comunión
entre el arte y la muerte en el toreo, y traslado a mi teatro, cuando utilizo
las máquinas, lo hago justo en el momento en que el público está
más receptivo, porque el actor puede sufrir un accidente, puede surgir la
tragedia. El actor se juega la vida, roza el riesgo y crea una inquietud; y el riesgo
es primo hermano de la muerte.
¿A qué se debe esa obsesión suya por la muerte?
Esto es una cosa de mi infancia. Yo tengo muchos recuerdos duros. Fuí un niño
de la posguerra que creció con muchas necesidades y vi morir a chavales,
amigos míos, de fiebre, de tubercolosis...y muchas cosas de las que se moría
entonces la gente.
Y todo aquello me marcó mucho. Luego mi vida taurina terminó igual,
con la muerte de Salvador Guardiola. Todas estas cosas me martirizan mucho en mi vida
diaria.
Tu eres del Cerro del Aguila, un barrio humilde y por eso has defendido siempre
con coraje a aquellos que menos tienen. ¿Crees que los desheredados de la
sociedad, aquellos que tienen posibilidades, sufren otra forma de "muerte en vida"?
Cuando viene, viene para todos igual, pero los pobres están menos protegidos de
la muerte. Naturalmente quien tiene poder económico tiene más posibilidades,
por ejemplo de curarse una enfermedad grave. Se está más cerca de la
muerte con impotencia económica. Es una relación inevitable.
¿ Y la muerte interior?
Yo no la conozco porque procuro estar cada minuto vivo, pero sé que hay mucha
gente por ahí que la sufre. Es el tipo de persona que no reflexiona en la
muerte, se deja llevar por la vida tal como surge. Muchos de estos basan toda
su felicidad exclusivamente en las necesidades materiales. Es necesario tener un sentido dramático de la vida que no tiene nada que ver con una existencia lúgubre, es incorporar la muerte a la propia vida y disfrutar de esa idea incluso desde la tristeza que no es un sentimiento negativo, es un comportamiento aristocrático del espíritu. Yo a veces me siento triste, pero no me entristezco por eso, lo
disfruto.
¿Y cómo se consigue esa filosofía de vida?
Pues no lo sé, pero estoy convencido que en las pequeñas cosas que
no tienen valor aparente se encuentran satisfacciones impresionantes. Por eso tengo
una vida de tantos contrastes. Si pudiera trasladaría mi fórmula a
los demás para que hubiera más felicidad en el mundo. Yo me siento feliz porque necesito muy poco.
Extraído de la publicación cultural
El Abanto
Num. 3 - Mayo/Junio 1998
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